Como ya estoy un poco cansado de escribir por mí mismo, voy a hacer de amanuense "informatizado" :D
El sábado recibí el mensaje, ya me habían conseguido un pequeño librito que debían haber traído los Reyes Magos a cierta persona.
Esta mañana de frío y nieve he atravesado la ciudad en metro -¡cuanto tiempo! :D - para recogerlo, y de vuelta he pasado por Sol para cargar con algunos libros más.
Toda una historia que merecería ser contada, pero ya estoy cansado de contar historias, la guardaré en mi corazón y a cambio os ofrezco este pequeño artículo, al azar, de este pequeño libro de artículos.
(Y si me da la gana, iré poniendo más :p )
Reflexiones de un monje, de Agustín Altisent (monje de Poblet)
Salamanca: Ediciones Sígueme, 1990
Me siento feliz por haberlo recuperado.
Ciudadanos con dos ciudades
La Iglesia es lenta. ¿Recuerdan aquel cuento acerca de un recién nacido que fue hallado en las oficinas del Vaticano? La maquinaria curial romana demostró muy fácilmente que ella no tenía nada que ver: allí nunca habían hecho nada en sólo nueve meses. Eso encuadra mi presente tema.
Ireneo fue un griego de Asia Menor que emigró a las Galias; obispo de Lyon murió mártir en el año 202 y es doctor de la Iglesia. En uno de sus tratados este gran teólogo escribió: “Donde está el Espíritu allí está la Iglesia” . Pero la frase tuvo poca difusión. En cambió, circuló excesivamente otra, acuñada por Cipriano, obispo de Cartago, mártir también, decapitado en el año 250. ¿Merecía Cipriano que le separaran del tronco tan delicado miembro? No lo afirmaré, pero él forjó la famosa: “Fuera de la Iglesia no hay salvación” que desconectada de su contexto y utilizada con torpeza y/o mala fe por otros, ha traído durante siglos no pocos líos. Aunque –juego limpio- nadie que desde fuera esgrima contra la Iglesia esta expresión puede decir honradamente que no es católico porque la frase le escandaliza. Están las cargas que ser católico implica.
La Iglesia es lenta. Pero segura: unos ciento cincuenta años después de que a San Cipriano le aplicaran tan delicada cirugía estética, Alarico y sus visigodos saquearon Roma y otro obispo africano, Agustín de Hipona, sintió que a él también se le iba la cabeza. No era para menos, el imperio romano era, para los hombres de entonces, tan inconmovible como sus cordilleras; de hundirse se vendría abajo la estructura de la civilización. Y los paganos culpaban del saqueo de Roma a la adopción de la religión cristiana por el Estado. Ante la “razzia” visigoda y esta acusación, Agustín se preguntó por el contenido global de la historia y dio al tema una respuesta de envergadura: “La ciudad de Dios”.
Para Agustín, según esta obra, la historia universal es un drama único en el que se contraponen dos “ciudades”: la de Dios y la del mal o del Maligno. Todo se sintetiza en esta contraposición grandiosa pero secreta. Secreta porque es invisible: Agustín no identifica la ciudad de Dios con la Iglesia católica y al resto con la del mal; afirma que estas dos ciudades están interpenetradas: hay miembros de la Iglesia que por sus obras pertenecen a la ciudad del mal y ciudadanos que viven extramuros que por las suyas pertenecen a la Iglesia. Sólo Dios desentraña la mutua implicación y separa el trigo de la cizaña.
Pero se divulgó lo de san Cipriano. Ni la frase de san Ireneo ni la visión de san Agustín sonaron tanto. La gente sencilla y los espíritus alerta o que quisieron informarse vieron siempre claro el sentido verdadero de la frase de san Cipriano.
Pero la expresión ha sonado mucho y ha sido blandida, con ignorancia o mala fe, contra la Iglesia católica prescindiendo (o sin tratar de aclarar previamente) su sentido, que es que quienes se salvan, estén donde estén inscritos y lo sepan o no, se salvan por los méritos de Cristo, la depositaria visible y oficial de los cuales es la iglesia católica; aunque Cristo “ilumina a todo hombre que viene a este mundo”.
En este siglo el cardenal Journet elaboró una frase sutil: “La frontera entre la Iglesia y lo que no lo es pasa por en medio de mi corazón”: cada uno tenemos una parte del corazón dado a Cristo y otra no. Todos somos ciudadanos de dos ciudades. Nadie es católico ni del Maligno “full time”. ¿No sentía Pablo que había en él dos hombres contradictorios?
Total: a la Iglesia católica, cuando cierra por la noche, le ocurre como al portero del manicomio, pero más: no sabe si encierra más locos fuera que dentro, ni si los de dentro están tan locos o sólo una parte de ellos, ni si los locos de una parte y de la otra lo están de remate o solamente a media.
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